La estrategia del miedo

Hay una vieja película de la década del 60, que como corresponde a la industria hollywoodense, tuvo  su “remake”,  o mejor segunda versión, en el año 2004. Se trata de “El Embajador del Miedo” (The Manchurian Candidate, tal su nombre en inglés).  El film, basado en la novela de Richard Condon, del mismo nombre, se basa en el tan mentado tema del lavado de cerebro. En el original, la cosa transcurre en plena Guerra Fría. Los rusos (comunistas obviamente) son malíiiisiimoss y le lavan el cerebro, usando “tradicionales” técnicas psicológicas, a dos soldados norteamericanos, ex combatientes de Corea. En la versión del 2004, la cosa del lavado se reduce al implante de un chip (era tecnológica al fin), los soldados pelearon en el Golfo y los recontra malos no son los rusos comunistas, si no una corporación internacional con intereses en todo el mundo (“es la economía estúpido”???). El objetivo de todo esto: Tener un presidente funcional a sus intereses (en este caso en los EEUU).

Pero la cuestión de la peliculita en cuestión (valga la redundancia) no es el cambio de “malos” según el contexto mundial, ni si  lo que se usa es el chip o el viejo y querido lavado de cerebro a la manera tradicional. El “yeite” diría una amiga mía, filósofa correntina ella, es: EL Miedo y cómo ayudan a instalarlo, los medios de comunicación y personajes de toda laya, asociados a ellos.

Pero para saber de qué se trata eso  del miedo, no debemos recurrir a ninguna ficción macartista, basta dar una mirada o escuchar cualquiera de nuestros supuestos medios de supuesta comunicación. Porque desde páginas varias (de papel y de las otras), desde pantallas y radios varias y pintas, se encargan de que cada día desayunemos, almorcemos y cenemos nuestra cuota de miedo sin dosificación alguna. Cuánto más miedo, mejor.

Así, tenemos que tener miedo a los pobres (que encima son “negros”), a los extranjeros (que también son “negros” y pobres), a los diferentes, a los “raritos”, a la inflación, a no poder salir del país, a no poder entrar, a los piquetes, a la represión de los piquetes, a quedarnos sin trabajo, a tener trabajo (porque seguro tenemos compañeros y un jefe  jodidos), a tener casa (porque no la vamos a poder pagar), a no tener casa (por si acaso), a tener auto, a no tenerlo, a tener plata (porque si tenés a esta diktadura se le ocurre cobrarte impuestos)  a que nos roben (la casa, el auto y la plata) los pobres que viven de los planes de este “gobierno corrupto”, a los chorros comunes, a los chorros en moto, a los chorros drogadictos (que entran y salen de la cárcel por la puerta giratoria) y que también son negros, pobres y casi siempre extranjeros, a que aparezcan los nietos apropiados, porque los “usan” para taparnos lo mal que nos va, al dólar que sube, al dólar que baja, a las acciones, que nunca tendremos, pero que suben y que bajan, a que cierren empresas, a que abran empresas (porque seguro que son de empresarios K), a los discursos fascistas “apretadores” de los burócratas sindicales para que paremos ( con esas “caripelas” que en realidad dan miedo, sobre todo cuando se ríen), a que nos maten en cualquier esquina, a estar vivo porque en realidad en este “país de mierda” es mejor estar muerto, a que llegue el fin del mundo por un terremoto, un meteorito, el calentamiento global , una guerra o lo que sea que termine el mundo, al vicepresidente que es un ladrón, al ministro de Economía (porque es un “pibe”  que no sabe lo que hace), a la Presidenta, porque es una “yegua”, a todo el gobierno nacional, de paso, porque  “algo habrán hecho” y ya que estamos también a los gobernadores y demás políticos, a tener candidatos que sepan de política (lo mejor es tener candidatos que “en política no se metan”), porque la política es “fea”.

Tenemos que tener miedo, mucho miedo, miedo del bueno y del malo, miedo que nos paralice, miedo que nos vuelva al lugar del que nunca tendríamos que haber salido, porque el ratito que salimos del miedo, se nos ocurrió pensar que teníamos derechos y que un mundo mejor, todavía es posible. Y eso, ya sabemos, no nos conviene para nada. Lo que nos conviene es que nos gobierne alguien que sonría y que tenga el cerebro tan lavado como nosotros, pero que le tenga miedo a los que de verdad son los dueños del poder.

A modo de posdata: La “mala” en las dos versiones de “El Embajador del Miedo” es una mina con ambiciones. OJO con eso, eh!!

Silvia Abaca

Periodista

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