La Construcción de la Noticia: “sólo los “boludos” pueden creer que el Caso Nisman fue generado por el gobierno”

na01di01Por qué fracasa la Operación Yabranización del kirchnerismo  – Hernan Brienza

Quedó claro que la operación, con la muerte de Nisman incluida, fue en contra del gobierno y no fomentada por él.

Toda conspiración es exitosa. Aún cuando sea absurda y brutal como la que está siendo víctima el gobierno nacional en los últimos 15 días. Sus formas –imprecisas, dudosas, pletóricas de secretismos, de medias verdades, de señales falsas en contextos verdaderos–, sus palabras –dichas a medias, sugeridas, guiñadas–, su lógica de exclusividad, de explicación totalizadora, suelen ser infalibles para las mentalidades miedosas y débiles.

Siempre son más seguras para el hombre ignorante pero perspicaz las teorías conspirativas que las formas sencillas de la realidad. Por eso casi todos amamos las conspiraciones. Y sobre todo los periodistas. Porque nos dan una narración en la que nuestros fracasos están justificados por algo secreto, mágico, misterioso, que tiene la capacidad de doblegar las leyes de la realidad a su antojo y placer. Ante la conspiración, nuestras mediocridades se disimulan. “No es culpa mía, es el gobierno que es una mafia, o la sinarquía internacional, o la Masonería o los servicios de inteligencia, o el Grupo Yabrán, la CIA, la KGB, la Mossad, los jesuitas, el Opus Dei, el Pentágono.” 

La “racionalidad conspirativa” –sabrá perdonar mi admirado Horacio González el mal uso que estoy haciendo de su libro Filosofía de la Conspiración– tiene la capacidad, incluso, de contrariar hegelianamente a la realidad y salir ilesa. Incluso tiene la capacidad de estupidizar a millones de personas que prefieren creer una narración extraordinaria –”las pirámides las construyeron los marcianos”, por ejemplo– a explicaciones más sencilla y menos glamorosas –”los faraones explotaron y quemaron generaciones y generaciones de esclavos en construir esos mamotretos históricos”–. 

Algo similar ocurre con el Caso Nisman, que ha servido como punta de lanza para la Operación Yabranizar al Kirchnerismo, por parte de la oposición y los medios de comunicación. Millones de personas están dispuestos a creer la estupidez de que “la presidenta mandó matar” al fiscal sin apelar siquiera a la lógica más sencilla y contundente. Prefieren crear el relato de un “gobierno mafioso, todo poderoso, impune, invencible”  que parar la pelota y reflexionar que “nunca el principal perjudicado de una acción es el ejecutor de esa acción”, axioma básico de cualquier investigador policial.

¿Quién se beneficia y quién se perjudica con un crimen? Es la pregunta que cualquier investigador novato se hace frente a un cadáver. Creer que Juan Carlos Onganía, quien debió renunciar al gobierno por el asesinato de Pedro Aramburu, fue el autor intelectual del secuestro no resiste la más mínima lógica. Creer que el gobierno nacional, después de la crisis política que se desató, es quien pergeñó el crimen o suicidio inducido del fiscal Alberto Nisman, es un razonamiento típico de un miserable –que utiliza una muerte para mentir y operar políticamente– o de un estúpido.

Quiero aclarar que creo que las conspiraciones existen. Algunas, por lo menos. Pero que nunca las conspiraciones son a tres bandas. O al menos respeto mi inteligencia lo suficiente para no caer en paranoias conspirativas sin fundamento. El kirchnerismo, como casi todos los grupos políticos de conducción cerrada, tiene cierta lógica conspirativa, es cierto. Pero estoy seguro que la presidenta de la Nación Cristina Fernández de Kirchner no tiene una racionalidad mafiosa.

Porque una cosa es la lógica conspirativa y otra cosa es la pragmática mafiosa. ¿Presión política? ¿Desconfianza paranoica? ¿Una pizca de maquiavelismo y de pragmatismo? Posiblemente. Están dentro de la praxis política de cualquier político. Apretar, matar, presionar con la vida de la familia, con la intimidad de las personas, son operaciones que no han estado presentes en, por los menos los últimos siete años, por no decir los últimos once. Acusar a la presidenta de “mafiosa” o de “asesina” es de una miserabilidad absoluta. Yabranizar al kirchnerismo era darle un golpe de muerte, era igualarlo directamente con el menemismo.

La pregunta que el kirchnerismo debería hacerse, sin embargo, es: ¿por qué razón un colectivo social bastante amplio –no los medios de comunicación, periodistas que operan y políticos de la oposición– está dispuesto a asomarse a la balaustrada de la idiotez con tal de enfrentarse al gobierno? ¿Por qué un repositor de supermercado de Mina Clavero, como escuché al pasar por ejemplo, es capaz de creer la tontera de que “Cristina mató al fiscal ese”? No alcanza como respuesta la omnipresencia de los medios de Héctor Magnetto. Tiene que ver, en mi opinión, con la imagen de invulnerabilidad que tiene el gobierno nacional. Su principal fortaleza es su debilidad. Para el opositor común, el gobierno es todopoderoso y capaz de todo. A veces en política, la debilidad es la principal fortaleza.

Paradojalmente, la operación contra el gobierno nacional ya fracasó, justamente, porque atenta contra la propia lógica conspirativa. El discurso, el relato, el imaginario de quien cree en conspiraciones debe tener una cualidad determinada: debe colocar al enunciador en un lugar de superioridad respecto del resto de los mortales. Quien sostiene una narración de este tipo debe quedar en el lugar de la astucia, la suspicacia, la inteligencia, el saber oculto. El paranoico es “canchero”, porque a “él no se la cuenta nadie”, “la tiene clara”. Nunca un conspirador puede permitirse quedar en el lugar del “boludo”, del que no la sabe. 

Con el paso de los días, quedó más o menos claro que la operación, con la muerte de Nisman incluida, fue una operación en contra del gobierno nacional y no fomentada por él. (Aún cuando las oscuras relaciones de operaciones de inteligencia cruzadas demuestran, no sólo que el andamiaje de inteligencia vernáculo no sirve ni para ir a la esquina a ver si llueve, sino que, y aquí está lo grave, el Estado argentino no sólo fue cómplice en el encubrimiento del atentado a la AMIA sino que, desgraciadamente, y a través de la SIDE menemista fue cómplice de la muerte de 85 personas aquel 18 de julio de 1994. Y alguna vez el Estado, como aquel histórico 24 de marzo de 2004, cuando Néstor Kirchner pidió perdón por la represión ilegal, deberá pedir perdón por el atentado a la AMIA. Y esto lo escribo con absoluto desgarro).

La denuncia de Nisman era inconducente, quizás ni siquiera haya sido escrita por él, sus vínculos con la SIDE enturbian su investigación, las contradicciones de su documento, y la inconsistencia de la operación es evidente. Resulta lamentable la escandalización gastronómica de algunos periodistas por cuestiones como que Luis D’Elía cena “comida árabe” o Andrés “El Cuervo” Larroque fue un par de veces a Mc Donald’s. Las escuchas, más allá de declaraciones con tinte antisemita por parte de alguna de sus partes, son absolutas naderías.

Es por esa razón que los comunicadores del gobierno nacional no deberían dramatizar y sobreactuar o sobrecargar la paranoia. No se desactiva el discurso paranoico haciendo un fuego contra paranoico, sino demostrando lo absurdo de esa operación. Los argentinos tenemos terror a que nos tomen de “boludos”. Es en el sentido común donde se desactiva la operación. Es demostrado que sólo los “boludos” pueden creer que el Caso Nisman fue generado por el gobierno y no, como realmente ocurrió, en contra del gobierno, es que se desactiva la Operación Política y Mediática. Sentido común mata teoría conspirativa. Criterio mata sobreabundancia de datos embarradores.

Fuente: Infonews

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