Tristeza

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“Mucha gente pequeña en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo”

Eduardo Galeano se acaba de morir hoy y como dijo mi amigo Ricardo: “nos vamos quedando solos”. Y no nosotros individualmente, aunque nuestra amistad se haya fundado en el gusto compartido por escritores como Galeano, las largas charlas y el buen vino. Acaso es cierto que nos estamos quedando solos como generación que creció con “Las venas abiertas de América Latina” casi como una Biblia.

Se fue un hombre lúcido, que iluminaba y eso me produce una enorme tristeza. La gente se muere, es cierto, tan cierto como que vive, pero esta es una noticia fea, horrible. La noticia que a ningún periodista de este lado de la grieta, le gustó dar

Como homenaje va este cuento que cuando lo leí por primera vez, me produjo una honda sensación de injusticia, que aun hoy, no puedo superar y es lejos, uno de los que más me gustó de Eduardo Galeano.

Creo que en este momento es bueno recordar los versos de la “Milonga del Fusilado:

“…y sepan que sólo muero
si ustedes van aflojando
porque el que murió peleando
vive en cada compañero.”

Va el cuento, que  hace referencia a la vida de Jane, la hermana de Benjamin Franklin.

Si él hubiera nacido mujer”,

por Eduardo Galeano

De los dieciséis hermanos de Benjamín Franklin, Jane es la que más se le parece en el talento y fuerza de voluntad.

Pero a la edad en que Benjamín se marchó de casa para abrirse camino, Jane se casó con un talabartero pobre, que la aceptó sin dote, y diez meses después dio a luz a su primer hijo. Desde entonces, durante un cuarto de siglo, Jane tuvo un hijo cada dos años. Algunos niños murieron, y cada muerte le abrió un tajo en el pecho. Los que vivieron exigieron comida, abrigo, instrucción y consuelo. Jane pasó noches en vela acunando a los que lloraban, lavó montañas de ropa, bañó montoneras de niños, corrió del mercado a la cocina, fregó torres de platos, enseñó abecedarios y oficios, trabajó codo a codo con su marido en el taller y atendió a los huéspedes cuyo alquiler ayudaba a llenar la olla. Jane fue esposa devota y viuda ejemplar; y cuando ya estuvieron crecidos los hijos, se hizo cargo de sus propios padres achacosos y de sus hijas solteronas y de sus nietos sin amparo.

Jane jamás conoció el placer de dejarse flotar en un lago, llevada a la deriva por un hilo de cometa, como suele hacer Benjamín a pesar de sus años. Jane nunca tuvo tiempo de pensar, ni se permitió dudar. Benjamín sigue siendo un amante fervoroso, pero Jane ignora que el sexo puede producir algo más que hijos.

Benjamín, fundador de una nación inventora, es un gran hombre de todos los tiempos. Jane es una mujer de su tiempo, igual a casi todas las mujeres de todos los tiempos, que ha cumplido su deber en esta tierra y ha expiado su parte de culpa en la maldición bíblica. Ella ha hecho lo posible por no volverse loca y ha buscado, en vano, un poco de silencio.

Su caso carecerá de interés para los historiadores.

Memorias del fuego II. Las caras y las máscaras, México, Siglo XXI, 1991, pp. 61 y 62.

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